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La novela histórica


El narrador de mi novela sobre cimarrones, palenques y guerras es un poco diferente al de otros relatos que tengo planeados, incluso al de los que ya he realizado antes. Se me hace más fácil manejar la primera persona, compartir las experiencias que me han ocurrido, lo que atraviesa el protagonista en un momento específico. ¿Por qué? En lo personal, creo que es más fácil ser el personaje de mi propia historia, entiendo mejor lo que quiero exteriorizar, incluso puedo escribirlo desde mi imaginación, a la cual le encanta llevarme a lugares terribles y maravillosos. En cambio, es más difícil para mí lo que me propongo con una novela histórica, en la que no narro lo que me atraviesa, porque escribo desde un afuera, necesario para ciertos proyectos literarios.


Una de las cosas que me enfrentan constantemente al escribir es salirme del relato, como lo hacía al ser estudiante de Historia. Tenía que dejar atrás mis opiniones, mostrarme imparcial ante mis lectores y demostrar solo los hechos para que estos hablaran por sí solos. Por ello, escribía siempre sin un autor como sujeto posible dentro de la investigación: “se hizo, se comprobó, se encontró, se puede inferir, etc.” Usar el “se” era la mayor demostración de objetividad, aunque uno siguiera siendo una persona compartiendo sus hallazgos durante meses de análisis personales.


Otro problema de mi yo académico es que no quiere poner en riesgo las realidades de lo que ha sucedido. Como trabajo con autos, órdenes y testimonios de personas que se enfrentaron a un mundo rodeado de peligros, algunos de ellos desde un punto mucho más subordinado que otros —que para la época era el pan de cada día—, intento no dejar datos por fuera de la narración. Por eso tiendo a que se me escapen y creo personajes que son parte de una historia que también fue suya, así fuera por un breve momento, en el último refugio que puedo otorgarles desde mi rol de escritor.


He aprendido a dejarme sorprender por lo mucho que aprendo de ellos por medio de la literatura. Son agentes capaces de tomar los documentos y transformarlos en biografías vivas, ricas en imágenes y conexiones, que respiran y se mueven a través de las palabras que les presto. En ello encuentro motivación: historias de quienes siguen sobreviviendo al tiempo.


Les doy una voz a cuantos puedo y mudo de perspectiva en cada capítulo. Entonces, me parece importante mantener la segunda persona. Solo cuando me parece que su armonía podría perderse en el ruido del tumulto, los hago parte de la historia de alguien más que pudo conocerlos, y continúo elaborando una trama compleja que los une a todos.


Mi narrador es un omnisciente que llega desde el exterior, uno que conoce ciertos principios y finales conectados al conflicto principal, pero que debe esperar atento a que ellos comuniquen lo que no quedó registrado. Los habito, extraigo lo que necesito para llenar los huecos que mis investigaciones no pueden llenar y les otorgo parte del mundo que conozco.


Es un pasado que busca ser escuchado de manera diferente, por fuera del académico imparcial. En la ficción está la fuerza que los hizo tan humanos como sus próximos lectores. Uno de mis mayores retos es compartir sus deseos, mientras tomo solo un poco de distancia para asegurar un relato más amplio y múltiple, tal y como siempre lo ha sido. Hago uso del indirecto libre, que me ayuda con el propósito de irlos descubriendo, hasta que pueda presentarlos como los narradores de sus propias historias contenidas en una más grande.

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